El Preludio Divino (Lucas 1)

Razón, Rigor y los Dos Nacimientos en el Evangelio de Lucas

Introducción y el rigor del historiador

El Evangelio según Lucas no comienza con un milagro, sino con una declaración de método y propósito. El autor, Lucas, se presenta como un historiador metódico que, a diferencia de ser testigo ocular, basa su relato en una investigación diligente y cabal de los hechos. Él mismo nos lo dice: «Me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas estas cosas desde su origen, escribírtelas por orden, excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido» (Lucas 1:3-4).

Su estilo es elegante y erudito, reflejando su formación como médico (el «médico amado» mencionado en Colosenses 4:14), utilizando un vocabulario técnico y preciso. El destinatario principal, Teófilo, una figura de alta distinción social, recibió este documento para que la verdad que ya había oído no fuera una mera tradición, sino un relato ordenado y sólidamente fundamentado.

La Promesa del Bautista. La preparación del camino

Lucas comienza su narrativa con la historia del sacerdote Zacarías y su esposa Elizabeth. Ambos eran «justos delante de Dios» y cumplían intachablemente los mandamientos, pero sufrían la esterilidad en su avanzada edad, una gran aflicción en su cultura (Lucas 1:5-7).

Mientras Zacarías ministraba en el templo, el ángel Gabriel se le aparece con la noticia largamente esperada: su esposa daría a luz un hijo llamado Juan. La misión de este niño era clara y profética: «será grande delante del Señor… e irá delante de él en el espíritu y poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los desobedientes a la actitud de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto» (Lucas 1:15-17).

La fe de Zacarías flaqueó ante lo inusual del milagro, preguntando cómo podía estar seguro. Por su incredulidad, Gabriel le dio una señal de juicio y gracia: «quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto suceda, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lucas 1:20).

El Anuncio de Jesús; la intervención sobrenatural

Al sexto mes del embarazo de Elizabeth, el mismo ángel Gabriel fue enviado a Nazaret a María, una virgen desposada con José (Lucas 1:26-27).

María, llena de gracia, recibió la impactante noticia: concebiría un hijo, a quien llamaría Jesús (que significa Salvador). Ante su lógica pregunta sobre cómo sería esto posible siendo virgen, el ángel reveló el misterio de la concepción milagrosa: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).

El ángel no solo anunció el nacimiento, sino también el destino eterno de Jesús: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lucas 1:32-33). La respuesta de María es un modelo de humilde sumisión a la voluntad de Dios: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lucas 1:38).

El encuentro de las promesas y el Magníficat

Inmediatamente después, María viaja a casa de Elizabeth. Al oír el saludo de María, ocurrió un evento profético: «aconteció que cuando oyó Elizabeth la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elizabeth fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lucas 1:41-43). La criatura que saltó era Juan, reconociendo a su Señor.

En respuesta a la fe y el reconocimiento de Elizabeth, María entonó el Magníficat, un cántico de alabanza que revela su humildad y profunda comprensión de la teología del Antiguo Testamento. Ella proclama: «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:46-47). El cántico celebra la misericordia de Dios y su fidelidad a las promesas hechas a Abraham y su descendencia (Lucas 1:50, 55).

El nacimiento de Juan y el cántico de Zacarías

Elizabeth dio a luz, y al octavo día, durante la circuncisión, el milagro se completó. La gente quería llamarlo Zacarías, pero Elizabeth insistió: «Se llamará Juan». Finalmente, Zacarías, que seguía mudo, escribió en una tablilla: «Juan es su nombre» (Lucas 1:60, 63).

En ese instante, la boca de Zacarías fue abierta y su lengua fue suelta, y comenzó a alabar a Dios. Lleno del Espíritu Santo, profetizó lo que se conoce como el Benedictus (o Cántico de Zacarías), celebrando que Dios había levantado un «cuerno de salvación» en la casa de David (Lucas 1:68-69). Su profecía se centró en la misión de su hijo: «Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados» (Lucas 1:76-77).

El capítulo concluye indicando que «el niño [Juan] crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lucas 1:80).

Conclusión

El primer capítulo del Evangelio de Lucas es la carta de presentación de un plan divino perfecto. Lucas, el historiador, nos asegura la veracidad y precisión de los hechos, mientras que los eventos demuestran la intervención sobrenatural de Dios. A través de la narrativa entrelazada de Juan y Jesús, se establecen los cimientos de la esperanza mesiánica: la preparación del profeta que vendría en el espíritu de Elías, y la manifestación del Hijo de Dios. Este capítulo nos enseña sobre la fidelidad inquebrantable de Dios a sus promesas (a Abraham y David) y nos invita a reflejar la fe y la humildad de María, en contraste con la duda castigada de Zacarías, para que podamos recibir la verdad de la salvación de Cristo en un documento ordenado y creíble.

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